Qué pena que encendieran las luces y recordara que me encontraba rodeado de niños. Primero, porque se había terminado la magia y; segundo, porque la nueva película de Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich, Adaptation) no es, ni de lejos, pasto para ingenuos infantes por mucho que haya sido distribuida y publicitada para ellos, amén de ser estrenada en Navidades (una vergüenza, oigan, pero el dinero manda). Sólo conociendo la reducida pero valiosísima filmografía del director se podía presuponer que por ahí no iban los tiros. Y, efectivamente, por ahí no van los tiros ya que Donde viven los monstruos es una lírica regresión (para adultos, obviamente) hacia una dimensión donde todavía existe el niño que no creció en nuestro interior.La maestría con que el director cautiva (en todas sus producciones) con personajes superados por su realidad, desesperados y perdidos (en este caso Max, un niño que se siente abandonado por su familia), únicamente es comparable a su lógica fílmica de contarnos más de lo que simplemente se ve en pantalla, de dejarnos con un saborcillo agridulce para masticarla mejor de camino a casa o consultándolo con la almohada.
Utilizando la metáfora como elemento principal de la narración, es necesaria la complicidad de un espectador dispuesto a trabajar en comprender lo que está viendo. Para así poder descubrir el lugar donde viven los monstruos y reconocer en cada uno de sus rincones un reflejo de la vida y problemas de Max. Porque, precisamente se trata de eso, de reconocer esos lugares comunes o paralelos, que existen en ambos mundos, y acompañar a nuestro protagonista a la hora de conocer y comprender a Carol, su alter ego monstruoso. Max Records, protagonista del film, a pesar de cargar con la responsabilidad dramática del relato con tan sólo 12 años, completa una grandiosa interpretación, a la que no le falta ni le sobra un ápice (¿suenan campanas de posible nominación al Oscar?). Una muy grata sorpresa.
Sublime y sugerente periplo imaginario donde lo políticamente correcto queda a un lado, para dar paso a una pequeña muestra de realidad, donde la infancia no es la etapa inocente de la vida de cualquier persona, donde se justifica el uso de la violencia como una pueril salida de emergencia y donde se legitima el egoísmo como una actitud muy humana y natural, sobre todo, cuando se es un niño. Con todo esto, Donde viven los monstruos es un recital de cine poético visceral sobre las necesidades infantiles (o no tan infantiles) de atención en un viaje hacia la madurez más inmediata y la comprensión de un mundo que, a veces, no es ni el del protagonista ni el nuestro: la vida real.

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