No podía ser más interesante la premisa: el nacimiento de la generación que acabaría convirtiéndose en seguidora del nacionalsocialismo hitleriano. Sin embargo, la elevada ambición de Haneke (La pianista, Funny Games, Código desconocido) en pos de una reveladora búsqueda en el pasado reciente de la Historia alemana le supera con creces, aproximándose demasiado a un simple cuento sobre la educación de principios del siglo XX en un pueblo recóndito y aislado del norte de Alemania.De gusto exquisito por las imágenes de marcados contrastes (para mayor efectismo utiliza el blanco y negro) y una selección de planos escalofriantemente buenos e intensos, Haneke toma la asepsia como principal virtud de su obra, abandonando la perspectiva o los puntos de vista, las más claras herramientas del cine a la hora de contar y posicionarse dentro de cualquier historia. Utilizando la voz en off como recurso para guiar al espectador, se elige al maestro del pueblo para este fin, siendo éste el personaje más imparcial, bobo, apartado y aburrido del film. No llego a ver los riesgos, en este sentido, que sí se tomaron a la hora de elegir el tema de la película.
Una cinta donde sólo se atisban pequeñas pinceladas de la tesis promocional del film: la similitud física de los niños del pueblo respecto al patrón físico de la raza aria, las siniestras contestaciones de la hija mayor del pastor a la hora de ver cómo se encuentran las (posibles) víctimas de sus delitos o las marcas (cintas blancas) de castigo y culpabilidad con la que los padres señalaban a sus propios hijos. La ausencia de banda sonora convierte los títulos de crédito iniciales en el caldo de cultivo de la que se espera una bella película y sacrifica los del final para el destripamiento general (mediante enigmáticos cuchicheos, seguramente sibilinos) de la platea que no sabe exactamente con qué quedarse del conjunto global. Complicada aunque realmente significativa apuesta.
Así, La cinta blanca es la película que pretende mostrar al mundo los posibles acontecimientos que originaron el terror en Europa a mediados del siglo XX pero se queda en una diminuta y original muestra de un apartado pueblo alemán donde ocurren circunstancias seguramente extrapolables a cualquier otro recóndito lugar de Europa (no nos engañemos). Porque el verdadero germen del nacionalsocialismo, y esto no se puede obviar, es la dolorosa derrota del pueblo alemán tras la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias económicas. Pretencioso ejercicio del director alemán Michael Haneke que intenta versar sobre una nueva La semilla del Diablo (Roman Polanski, 1968), versión pluralista (más de un solo niño) y nazi (que no luciferiana), pero que acaba pintando un reestructurado Dogville (Lars von Trier, 2003) sólo que con decorados hechos de casas con paredes, donde las extrañas relaciones en una comunidad endogámica le gana la mano a la supuesta oculta maldad de un grupo de críos cualquiera.


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