La nueva incursión de Mel Gibson en el cine tras muchos años desaparecido (como actor) deja bastante que desear. El thriller que se ha sacado de la chistera Martin Campbell, director de la cinta, basado en la serie que el mismo dirigió titulada Edge of Darkness, parece haber sido rodado en dos semanas y a matacaballo. Increíble que un director que ha sacado adelante (con honor) las dos partes de El Zorro y la visualmente brillante Casino Royale no hace mucho, haya llevado a cabo este zarrapastroso conjunto de incoherencias metidas todas con calzador.
Lenta en su desarrollo, inclusive para una complejísima trama que se hace difícil de seguir, se nos presenta el drama de un padre clamando venganza. Desastre en su conjunto y en sus partes más menudas, todo chirría: unos diálogos desesperantemente fuera de lugar, un montaje descuidado que deja en evidencia prácticamente a todos los actores, una sobreactuación continua de los mismos, unos recursos en las escenas de acción que quedan descalificados por su antinaturalidad, un maniqueo absoluto en el concepto de buenos y malos que no hace partícipe al espectador, y así se podría seguir indefinidamente. Una película que no pueden salvar dos secuencias clamorosamente llamativas (supongo que para distraer la atención) aunque previsibles.
Mel Gibson, como su categoría de estrella asume, es el único que se salva de la quema. El actor recuerda, en la mayoría de sus planos, por qué existe el star system quedándose clavado durante segundos, abarcando la pantalla por completo sin sacar de quicio tanto como cualquiera de sus compañeros de reparto en una esquina al fondo del plano. Y es que no sé dónde se metería el señor Campbell durante el rodaje o quién estaría al cargo de la dirección de actores (si es que éste no piso el plató) porque hacía tiempo que no recordaba algo tan lamentable.
Puro entretenimiento de domingo por la tarde, de siesta con el ruido de la tele de fondo, con la excepción de que Mel Gibson es el protagonista y que, sólo con su presencia, convierte esta película en una superproducción, digna de una aceptable recaudación en taquilla. En todo caso, Campbell debería hacer examen de conciencia y ver qué es lo que ha ocurrido (aunque me juego el meñique a que se fundieron el presupuesto en el caché de Gibson). A modo de petición, espero que el hombre que pasará a la historia del celuloide como William Wallace, antes de volver a participar en semejante circo, se dedique a otros menesteres. Sobre todo, después de deslumbrar al mundo con cada uno de sus trabajos como director. Y es que, con lo cerradito que es, como me hizo disfrutar de La pasión de Cristo.


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