Que el genocidio es una de las formas de odio indiscriminado que más veces la raza humana ha sacado a relucir, desgraciadamente, no es algo poco común: el antisemitismo nazi, la guerra de los Balcanes, Ruanda... Y sólo en el siglo XX. Aquí, el director chino Lu Chuan (tildado por su propio gobierno de poco más que "traidor"), nos muestra los crímenes del ejército japonés en la invasión de China previa a la Segunda Guerra Mundial. Arriesgada propuesta de exponer el horror de la intolerancia y el dolor de los que la sufren.Una película partida en dos. El director propone una primera parte bélica que demuestra la frialdad y violencia de la guerra en clave estética para entrar en un Nanking (antigua capital china) gris de marcados claroscuros en su preciosa fotografía, junto con el ejército invasor nipón. La excepción radica en esa segunda parte con el ejército chino entregado. Y es que a partir de la mitad de la película, los dramos de personajes encerrados en un campo de refugiados relatan el verdadero terror, rozando en demasiadas ocasiones la indigestión por su excesiva dureza: violaciones consecutivas, ejecuciones indiscriminadas, etc. Escenas que la mayoría de espectadores no están acostumbrados a presenciar. Por lo menos, tan repetidamente y sin descanso.
La ganadora de la Concha de Oro a Mejor Película en el último Festival de Cine de San Sebastián, representa en carne viva, las dos vertientes del conflicto. Ni olvida (como siempre) a los hostigados, ni deja a un lado a los hostigadores (algo más difícil de ver). Cuesta creer que esa cultura multicolor y tecnológica fuera una de las más salvajes a mediados de siglo XX. Por otro lado, es inevitable pensar que no todos los participantes de genocidios son puros brazos ejecutores de las órdenes de un líder trastornado, sino que, más allá, existe esa conciencia pura e interna de cada individuo. Es aquí, donde el protagonista japonés, Kadokawa (y con ello la nación japonesa), un militar incapaz de parar la masacre, reciben el perdón del pueblo chino (o del director Lu Chuan) con esta película que no utiliza los maniqueísmos a los que estamos tan sometidos, también dentro de nuestro propio cine (me viene a la mente Sergi López en El laberinto del Fauno).
La relevancia de que John Rabe, un afiliado del partido nazi de Hitler (un Schindler a la oriental), sea el personaje del que el pueblo chino depende, ya habla por sí solo de las atrocidades que están por venir. Un personaje que no puede evitar el desastre pues se debe a su patido y a la futura alianza del Eje entre Alemania y Japón en la Gran Guerra. Y es que, por derecho propio, Ciudad de vida y muerte, no es un ejercicio de traición al régimen comunista de su China natal ni una justificación de las atrocidades del genocidio promovido por Japón, sino una preciosa y sensible declaración de memoria histórica a los héroes, entre ellos muchísismas mujeres (increíble la secuencia en la que levantan la mano), que allí fallecieron. Ni olvido, ni rencor. Bravo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario