Una película cuya primera frase en pantalla reza "Alejandro Amenábar presenta" bien merece, por lo menos, el beneficio de la duda. El rey Midas del cine español apoya al realizador Oscar Santos en su debut cinematográfico. Mayor es, si cabe, el interés, si se conoce que el guionista es Daniel Sánchez Arévalo (AzulOscuroCasiNegro, Gordos). Con todos estos elementos, el prejuicio ha de ser inmejorable.
Sin embargo, y pese a la capacidad de productor y guionista de golpear en la tecla del éxito, parecen falibles. Y es que el efecto "Capítulo de Hospital Central excesivamente paranormal" planea durante toda la película en el subconsciente del espectador. Una trama en la que se descubre, cuando todos los elementos ya están plantados, que tampoco tiene mucho más que decir. Una de esas películas en las que la premisa (médico capaz de sanar con las manos) vence por goleada a la verdadera narración (¿qué hará el médico cuando descubra que puede curar con las manos?). Aunque bien planteados los conflictos, el espectador siente que el último en enterarse de la película es Diego, el protagonista de la cinta.
Acertadas interpretaciones. Eduardo Noriega es el más castigado por recaer sobre él todo el protagonismo de una narración que no avanza, que más que desesperarle a él, desespera al que está sentado en la butaca. Así pues, todos los elogios para el elenco de féminas que rodea a Noriega. Belén Rueda, clava un escueto papel que reporta mucha publicidad (qué barbaridad lo que sale en los anuncios/trailers/carteles en comparación con el minutaje real); Angie Cepeda, que pasa la mitad de la cinta postrada en cama, le basta con media hora para demostrar su talento; Cristina Plazas, llena de identidad a una ex mujer arrepentida y; por encima de todas ellas, Clara Lago, espectacular en su papel de adolescente rebelde, y no sé si me estoy quedando corto (da gusto ver que niñas prodigio del cine español pueden seguir ofreciendo tantas cosas al llegar a su madurez).
Y es que el popurrí de importantes nombres del (joven) cine español contemporáneo delegando en el debutante Santos, deja un regustillo amargo. Un resultado débil para las expectativas que puede crear. Se trata de una película (como me gusta clasificarlas) de las españolas de verdad, con sus buenas situaciones cómicas durante la primera parte para el deleite del público y una activación del dramatismo en la segunda, aquí un poco diluido por su incapacidad de largo recorrido, pero nada más. Así pues, El mal ajeno sirve para conocer un nuevo cineasta con mano y prever que rodeado de "buenas compañías", seguro que da en el clavo (si le dejan). La aquí presente, no es el caso.


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