Manteniendo un pulso con su filmografía, Roman Polanski rueda este paranoico y claustrofóbico thriller. Delicado ejercicio de sutileza del director polaco para envolver a su víctima (el protagonista y, a su vez, el espectador) en una red de la que no puede escapar, excepto por el recoveco que él mismo entrega como solución al enigma, en este caso, con un elegante fuera de campo en el último plano. Aquí se planta, ni corto ni perezoso, con una trama sobre las altas esferas políticas británicas cuyo máximo exponente es el ex primer ministro Adam Lang (o Tony Blair, las referencias son más que evidentes).
El engaño para el que es contratado el protagonista (un "negro", ente aquí conocido gracias a Ana Rosa Quintana), es decir, escribir un libro que luego firmará a ojos del mundo su cliente, Adam Lang, es comparable a la conspiración basada en mentiras que atenta contra la vida de ese escritor en la sombra si descubre las verdaderas causas de la muerte de su predecesor. Polanski transforma la casa, con una cuidadísima puesta en escena, en una jaula donde no se puede distinguir el interior del exterior y donde la intimidad se relativiza debido a esos inmensos ventanales. No puede haber secretos, aunque lo parezca.
Ewan McGregor consigue captar la esencia de este ser que patrulla inofensivo y campa a sus anchas en la residencia privada de un importante líder pasando, en demasiadas ocasiones, inadvertido; vigilando situaciones inimaginables cual voyeur invitado. Pierce Brosnan ejerce de marioneta movida para cuidar su imagen y borrar las "inquietantes" huellas de su mandato. Hacia el final, es interesante observar una leve justificación sobre la impotencia de la política (evidente si uno es capaz de empatizar con la clase política, que ya es difícil). Olivia Williams, la mujer del ex primer ministro, ejerce de poderosa matriarca moviendo los hilos en la oscuridad con buenas raciones de suspense. Y por su parte, Tom Wilkinson, en un no muy dilatado papel, demuestra la clase de quien sabe hacer un gran trabajo.
Es inevitable referenciar antiguos títulos de Polanski: El quimérico inquilino, Frenético, Chinatown... para entender a esos protagonistas engullidos por complejos universos a los que no son capaces de adaptarse. Atrapados en una realidad construida como laberinto de máscaras que les marca como única solución, la paranoia. Las autobiográficas connotaciones del cine de Polanski, hacen de éste, uno de los grandes. Pues, ya que siempre ha estado en el punto de mira, se siente incómodo frente a un mundo que, en muchas ocasiones, le ha adulado pero que, en otras tantas, le ha crucificado sin compasión. Y es que Polanski es un cineasta que se nutre de sensaciones privadas para sugerirlas intensamente en películas como El escritor que, necesariamente, le catapultan (por sincero y evocador) al Olimpo del séptimo arte. Una sutil e íntima realización de suspense con firma incluida.


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