viernes, 3 de diciembre de 2010

Caza a la espía (***) (6/10)

FAIR GAME. Dirección: Doug Liman. Intérpretes: Naomi Watts, Sean Penn, Ty Burrell, Sam Shepard, Bruce McGill. Guión: Jez y John-Henry Butterworth, sobre los libros de Joseph Wilson y Valerie Plame. Fotografía: Doug Liman. Música: John Powell. Nac.: USA. Año: 2010. Duración: 104 min. THRILLER.

Pues resulta que los espías de verdad no son como James Bond (¡qué lástima!), sino que tienen hijos y una rutinaria vida familiar trenzada con secretas investigaciones para desentramar las políticas de países antiamericanos (o países víctimas de la paranoia post 11 de septiembre). Como el caso de Valerie Plame, una agente encubierta de la CIA y madre de gemelos, a la que la administración Bush vapulea publicando su nombre real, denostándola y robándole su verdadera identidad que, paradójicamente, es la que no existe. El individuo contra el gobierno, la hormiga que desafía al elefante, la impotencia de luchar contra el poder.

Doug Liman (El caso Bourne), director de la cinta, recoge los sucesos ocurridos entre la agente de inteligencia, Valerie Plame y su marido, Joseph Wilson, diplomático estadounidense, contra el gobierno de los Estados Unidos; y, animado por su pro-democrática ideología, expone un discurso tan políticamente activo como íntimamente ligado al ámbito familiar, el que ocurre entre las cuatro paredes de nuestro hogar. Mezcla difícil de ejemplificar sin trasnochar en los sucesos más absurdos, pendiendo de un hilo entre el buen thriller y la película "basada en hechos reales" ("True story!", citando al gran Barney Stinson) que tan bien rellena la parrilla televisiva en demasiadas ocasiones. Caza a la espía salva el escollo con soltura.

Quizá sea por los actores, porque el reencuentro entre Naomi Watts y Sean Penn, después de 21 gramos y El asesinato de Richard Nixon, acentúa lo que los dos actores labran en cada minuto que aparecen en pantalla: mucho talento. Naomi Watts asume el conflicto y absorbe la desbordada realidad de la protagonista y Sean Penn la acompaña en un proyecto (y un personaje) muy afín a su cometido como activista. Aún así, no se despista y ejerce de patriarca, liderando una utópica cruzada de siglo XXI, en un ejercicio de absoluta sobriedad al que nos tiene acostumbrados.

Y es que el mayor valor de Caza a la espía (triste traducción de Fair Game) es su capacidad para remarcar la diferencia entre Estado e individuo en el ámbito público y conseguir ser explícito en una humillación sin capacidad alguna de defensa. Es hacer patente la vulnerabilidad del ser humano como individuo cuando el complejo engranaje que todo lo mueve conspira en nuestra contra, medios de comunicación de por medio, cuyas filtraciones nunca son inocuas sino que son capaces de denigrar al ciudadano-chivo expiatorio y engañar a las masas para creer lo que los poderosos están dispuestos que crean. Menos mal que, ahora, tenemos Wikileaks. O no.

NOTA FINAL: 6/10

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