jueves, 23 de diciembre de 2010

Ladrones (**)

TAKERS. Dirección: John Luessenhop. Intérpretes: Matt Dillon, Paul Walker, Idris Elba, Jay Hernandez, Michael Ealy, Tip "T.I." Harris, Chris Brown, Hayden Christensen, Zoë Saldana. Guión: Peter Allen, Gabriel Casseus, John Luessenhop y Avery Duff. Fotografía: Michael Barrett. Música: Paul Haslinger. Nac.: USA. Año: 2010. Duración: 109 min. ACCIÓN.

El eterno conflicto entre amantes de lo ajeno y cuerpos de seguridad suele premiar al espectador con una buena dosis de cine que llevarse de la sala. Sea por lo ingenioso que son los ladrones al agenciarse de lo que no les pertenece, o por lo extravagante del policía, generalmente, fuera del método lícito de un funcionario estatal, para apresarlos con las manos en la masa. Ladrones intenta, que no consigue, tanto lo uno como lo otro para acabar con un revuelto en el que es difícil confiar.

Los ladrones, un eficaz grupo patrocinado por Dolce & Gabbana, jerarquizados y ordenados para llevar cada uno su función en sus golpes perfectos, de año en año. Los policías, incapaces de dar con ellos, meros perseguidores de lo invisible bajo pistas difícilmente identificables, enfrascados en unos dramas personales que roban minutos a los verdaderos protagonistas: los ladrones (o no se llama así la película).

Era de esperar que el debut de Chris Brown y T.I., reconocidos cantantes norteamericanos, no fuera para tirar cohetes y que, camuflados entre Paul Walker, Hayden Christensen e Idris Elba, incluso pasaran desapercibidos. Pues no señores, lejos de intentar guardar la ropa, el director le entrega al rapero el personaje más conflictivo de la película y obsequia al hombre que nos ha demostrado que la violencia de género no está reñida con la fama y el dinero (Chris Brown, ex novio de Rihanna) con una persecución de 10 minutos (o se me hicieron eternos), de saltimbanqui absurdez y fatal desenlace. Matt Dillon los persigue, aunque hubiera sido más gracioso tan racisa como en Crash, el trastorno familiar que suponemos tiene su personaje huele a tufillo de calcetines demasiado usados.

Así, Ladrones se cimenta en las bases de un ultra efectivo grupo de ladrones (evidente) que, en la primera que tienen, se meten en el charco más grande. Con un ex compañero caído en otra batalla que camina como si estuviera en uno de sus videoclips como única motivación para perder la cabeza. Bueno y mucha pasta, claro, pero el caso es que ya vivía como marajás. ¿Es tan grande la avaricia? Me quede con ganas de ver más minutos de Zoë Saldana, lo más rentable de la cinta aunque esta vez no fuera un bicho alto y azul.

NOTA FINAL: 3/10

lunes, 13 de diciembre de 2010

Skyline (**) (2/10)

SKYLINE. Dirección: Colin Strause y Greg Strause. Intérpretes: Eric Balfour, Donald Faison, Scott Thompson, David Zayas, Brittany Daniel, Crystal Reed. Guión: Joshua Cordes y Liam O´Donnell. Fotografía: Michael Watson. Música: Matthew Margeson. Nac.: USA. Año: 2010. Duración: 90 min. CIENCIA-FICCIÓN.

Basura entretenida. Entretenida por lo infame. Alienígenas invadiendo la Tierra con una nueva estrategia de abducción lumínica. No está mal. Humanos "convertidos" al tener contacto visual con el haz de luz azul. "15 horas antes", comienza el desastre. No el de la invasión sino el de la película que nace de un flashback. Se podría intuir una especie de cinéfilo sarcasmo de personajes chupando de la teta de mamá Hollywood que predecía algo más de lo que, finalmente, hay. No lean entre líneas, no hay nada que leer.

Los hermanos Strause actúan con premeditación y alevosía a la hora de embolsarse una ingente cantidad de dinero en taquilla con esta mala cinta de extraterrestres de bajo presupuesto, como futura financiación de su próximo bochorno. Aunque tras Alien vs. Predator 2 y la aquí presente, no sé que mayor mamarrachada se les podrá ocurrir. Aceptables efectos digitales para el ínfimo presupuesto gastado (10 millones de dólares es una baratija en la industria americana).

Unos personajes cortados por el patrón del estereotipo más vulgar, con unos conflictos personales lejos de ser asumidos por el espectador en ningún momento de la película, intentan sobrevivir al ataque de alienígenas demasiadas veces repetidos formalmente. Porque son tan recolectores como los de Spielberg en La guerra de los mundos como anatómicamente parecidos a los centinelas que intentan aniquilar a los humanos que no pertenecen a Matrix. Es decir, a parte de no gastar tiempo en guión tampoco se lo han dado a los elementos artísticos. Un clan de supervivientes, grandes secundarios televisivos, que no dan la talla en este compromiso: el sargento Batista de Dexter, el doctor Chris Turk de Scrubs, el vicioso hermano de Charlie en Lost o una de Las gemelas de Sweet Valley. No es que sean actores de primera línea, la verdad.

Sí se podía haber pedido más originalidad a un guión, desencantado desde el minuto cinco en una historia que no ofrece ninguna sorpresa ni recompensa al paciente espectador que no se levanta de la sala para huir de semejante bodrio. Para más inri, el desenlace se enzarza en una temática invisible durante el resto de la narración para mayor irritación de la platea que no sabe ya qué hacer. Diálogos irrisorios entre personajes de chiste rodeados por una alucinante situación de luces azules de discoteca evitando que su cerebro sea engullido. Tan mala, inusual, sencilla a la par que imbécil que, oigan, hasta me hizo un pelín de gracia.

NOTA FINAL: 2/10

viernes, 3 de diciembre de 2010

Caza a la espía (***) (6/10)

FAIR GAME. Dirección: Doug Liman. Intérpretes: Naomi Watts, Sean Penn, Ty Burrell, Sam Shepard, Bruce McGill. Guión: Jez y John-Henry Butterworth, sobre los libros de Joseph Wilson y Valerie Plame. Fotografía: Doug Liman. Música: John Powell. Nac.: USA. Año: 2010. Duración: 104 min. THRILLER.

Pues resulta que los espías de verdad no son como James Bond (¡qué lástima!), sino que tienen hijos y una rutinaria vida familiar trenzada con secretas investigaciones para desentramar las políticas de países antiamericanos (o países víctimas de la paranoia post 11 de septiembre). Como el caso de Valerie Plame, una agente encubierta de la CIA y madre de gemelos, a la que la administración Bush vapulea publicando su nombre real, denostándola y robándole su verdadera identidad que, paradójicamente, es la que no existe. El individuo contra el gobierno, la hormiga que desafía al elefante, la impotencia de luchar contra el poder.

Doug Liman (El caso Bourne), director de la cinta, recoge los sucesos ocurridos entre la agente de inteligencia, Valerie Plame y su marido, Joseph Wilson, diplomático estadounidense, contra el gobierno de los Estados Unidos; y, animado por su pro-democrática ideología, expone un discurso tan políticamente activo como íntimamente ligado al ámbito familiar, el que ocurre entre las cuatro paredes de nuestro hogar. Mezcla difícil de ejemplificar sin trasnochar en los sucesos más absurdos, pendiendo de un hilo entre el buen thriller y la película "basada en hechos reales" ("True story!", citando al gran Barney Stinson) que tan bien rellena la parrilla televisiva en demasiadas ocasiones. Caza a la espía salva el escollo con soltura.

Quizá sea por los actores, porque el reencuentro entre Naomi Watts y Sean Penn, después de 21 gramos y El asesinato de Richard Nixon, acentúa lo que los dos actores labran en cada minuto que aparecen en pantalla: mucho talento. Naomi Watts asume el conflicto y absorbe la desbordada realidad de la protagonista y Sean Penn la acompaña en un proyecto (y un personaje) muy afín a su cometido como activista. Aún así, no se despista y ejerce de patriarca, liderando una utópica cruzada de siglo XXI, en un ejercicio de absoluta sobriedad al que nos tiene acostumbrados.

Y es que el mayor valor de Caza a la espía (triste traducción de Fair Game) es su capacidad para remarcar la diferencia entre Estado e individuo en el ámbito público y conseguir ser explícito en una humillación sin capacidad alguna de defensa. Es hacer patente la vulnerabilidad del ser humano como individuo cuando el complejo engranaje que todo lo mueve conspira en nuestra contra, medios de comunicación de por medio, cuyas filtraciones nunca son inocuas sino que son capaces de denigrar al ciudadano-chivo expiatorio y engañar a las masas para creer lo que los poderosos están dispuestos que crean. Menos mal que, ahora, tenemos Wikileaks. O no.

NOTA FINAL: 6/10