Gratificante sorpresa la aventura de este guacamayo azul de nombre Blu, aunque su bautismo no haya sido bendecido por la diosa originalidad. Y es que la losa de pertenecer al clan: "de los creadores", en este caso Ice Age, como marca registrada a la hora de vender películas, no pesa en el fardo de esta gloriosa oda al cromatismo saturado y la vitalidad brasileña, digna del cliché más paródico pero tan natural como la tierra que vio nacer al director de la cinta, Carlos Saldanha.El enamoramiento que ésta transpira por su referente, la ciudad de Rio, es tan sincero que permite el lujo de mitificar lugares tan comunes como un clímax en medio del más famoso carnaval del mundo. Universo cuya reina es Perla, la única posible compañera de Blu, la única de su misma especie. Dos hermosas aves diferentes pero condenadas a entenderse en la pantalla.
Y en su discurso natural, ese vaivén de situaciones que superan la compostura de un pájaro acostumbrado a lo doméstico, a columpiarse o hacer una carantoña para ganar una pipa, está la maravilla de Rio. Más allá de su efectiva trama contra el tráfico de animales, sensibilizadora de endebles mentes con un sugestivo sentimiento de culpabilidad, Rio se plantea como una rom com de manual que transcurre paralela a un objetivo no pronunciado pero tan evidente como el de Dumbo: volar.
Quizá demasiados secundarios de gusto por el karaoke y pocos perros bobos con ganas de travestirse que no empañan el apogeo cinematográfico vertido sobre una de las ciudades más grandes del mundo. En la que se esconde su mayor icono para ser mostrado en la secuencia precisa, un Cristo redentor tan potente visualmente como magnánimo en su posición de poder, las alturas, aquellas que Blu debe alcanzar para conquistar a Perla, su inevitable amor. Como amor e inevitable siente todo cineasta por la tierra que le vio crecer, queda demostrado.
NOTA FINAL: 7/10
Gran referente cinematográfico es Shakespeare. Literato extasiado de conflicto, amante de tragedia popular, gratificante en la temática de su obra (por contemplar en ella, los grandes enigmas humanos). Enésima vez que Romeo y Julieta, los dos amantes de Verona, se lleva a la gran pantalla. Los enanitos de jardín tienen la culpa, por echársela a alguien. Y es que hay que tener siempre en cartelera películas familiares que dejen buena recaudación. Bailando al son de la historia narrada por William Shakespeare (que se reserva un pequeño papel), dos clanes de enanitos de jardín de contiguos chalets están enfrentados por ser de diferente dueño: un viejo cascarrabias Montesco y una anciana gruñona Capuleto.
Mark Romanek es un visionario. Ya lo demostró mostrándonos un desconocido Robin Williams en la notable Retratos de una obsesión, su anterior y única cinta. Nueve años después, vuelve para demostrar que, si se quiere, es más apasionante y, ficcionalmente interesante, un trío amoroso que una civilización donde se clonen humanos para morir como donantes de órganos. Y pese a la actualidad de semejante tema, lo evita para esclavizarlo a la historia de dos amantes separados por la vida (y por una tercera amante) y componer con él, un mayor dramatismo contextual. 
Los responsables de Piratas del Caribe, Gore Verbinski y Johnny Depp (los que vienen a ser su director y alma mater, respectivamente) han decidido reciclarse a la animación. Como vocación, no sé. Más como vía que recorrer para desembarcar en un producto nunca visto. Más real que nunca, tan verosímil que pierde de soslayo su propia magia, ese clasicismo resguardado en la regencia de los volúmenes imposibles y las imágenes fuera del alcance humano. Algo triste en su esencia aunque impecable en su factura técnica que debería impresionar los subalternos ojos de cualquier espectador. 
Hay veces, por la cantidad de películas consumidas, que uno se olvida que el cine tiene esa capacidad innata para ofrecer sensaciones que transportan a otro tiempo y espacio y, belleza, sobre todo belleza, aunque sea vertida desde inquietantes tormentos. Cine no como ocioso pasatiempo sino como eterno placer contemplativo de historias inventadas. Cisne negro ataca ese aburguesamiento cinematográfico, nutrido de mediocridades y se premia a sí misma (y al público) con una realización antológica, de ensayo clínico sobre las virtudes de la mirada de una cámara tras unos personajes.
Primo, ma. (Del lat. primus). 5. Coloq. Persona incauta que se deja engañar o explotar fácilmente, según el Diccionario de la Real Academia Española. No conviene equivocarse pues la tercera película de Daniel Sánchez Arévalo no versa sobre una historia de hijos de hermanos, o sea Primos, sino de la superlativa estupidez aderezada con abundante inmadurez tan identificadora en el género masculino. Vamos, viene a contarnos que somos unos "primos", aunque algunos ya lo intuyéramos de antes.
Ya son 50 las películas con las que Disney nos ha obsequiado. Muchas inolvidables y otras, mero pasatiempo pueril. Pero 50. Con tal número redondo, imposible de borrar en la futura historia de la compañía, la elección del germen es acertada: Rapunzel, la princesa de cabellos largos. Un oscuro y tenebroso cuento de hadas de la factoría Grimm que nos devuelve a la esencia del clásico Disney que tanto demandan los espectadores de la empresa que fundó el tío Walt. 
Segunda incursión de Borja Cobeaga en el largo, implantando en la estructura de No controles, una parecida a la que tanto éxito le dio con Pagafantas. Cobeaga y Diego San José dan rienda suelta a un efectivo comicismo pasado de moda, y queda una apañada comedia romántica muy ligera aunque poco sugestiva. Menos agresiva de lo que cabría esperar pensando en Pagafantas, mucho más profunda y gris.
Han pasado más de 500 años desde el descubrimiento de América y parece que fue ayer. Como si no hubiéramos sido capaces de tragar nuestro complejo de superioridad ante otras culturas tan o más ricas que la nuestra. Icíar Bollaín propone una película que, en su premisa inicial, puede resultar un símil evidente, mientras demuestra en su profundización dramática una sutileza digna de las mejores parábolas. También la lluvia tiene la capacidad de impregnar de sentido un contexto que bien podría ser reiterativo en exceso.
El musical no claudica. Pese a ser uno de los géneros clásicos más olvidados por el sistema suele aportar su ración anual y acude, como mínimo, a los Globos de Oro (premio a mejor canción y nominación a mejor película comedia-musical), casi por incomparecencia de rivales. Más exquisito unas veces que otras en su puesta de largo, sí se reconoce una estructura en pos de su función más directa: entretenimiento para la platea que necesita hacer descansar su maltrecho cerebro mientras no deja de mover imperceptiblemente el cuerpo al compás del repertorio elegido para la ocasión.
Cierto es que determinados directores tienen licencia para exorcizar sus demonios personales siempre bajo el espectro de una nutrida y poderosa filmografía precedente. Me viene a la memoria (la palabra no es casual) La mala educación de Almodóvar. En ese intento puramente egoísta, Álex de la Iglesia se ahoga en el amplio contexto de su sencilla historia donde sólo sobresalen personajes. Dos payasos enfrentados por el amor de una mujer: el payaso triste apagado en su sed de venganza y el payaso tonto cuya única habilidad es poner una sonrisa en la cara de un niño.
