Han pasado más de 500 años desde el descubrimiento de América y parece que fue ayer. Como si no hubiéramos sido capaces de tragar nuestro complejo de superioridad ante otras culturas tan o más ricas que la nuestra. Icíar Bollaín propone una película que, en su premisa inicial, puede resultar un símil evidente, mientras demuestra en su profundización dramática una sutileza digna de las mejores parábolas. También la lluvia tiene la capacidad de impregnar de sentido un contexto que bien podría ser reiterativo en exceso.La película retrata en su comienzo un homenaje a La dolce vita (Federico Fellini, 1960) con un helicóptero arrastrando por los cielos el sagrado símbolo cristiano para depositarlo en tierra donde los trabajadores bolivianos la pondrán en pie con el sudor de su frente. Primer abuso (como metáfora de la colonización) contado sólo en imágenes. Y así, multitud de sugerentes motivos, guiños para mentes inquietas sin necesidad de abusar del concepto. Brillante obsequio de un Paul Laverty más entregado a la causa del cine como arte que del cine como denuncia social, aunque sea incapaz de olvidarse de ello.
El motor de la historia es la película que vive dentro de ella, un discurso sobre las barbaries que se produjeron en el primer desembarco occidental llevado a cabo por una expedición española, encabezada por Colón, interpretado aquí por un espléndido Karra Elejalde. Dicotomía moral entre lo que se debe hacer y lo que se hace, lucha entre personalidades del propio gremio que enriquece la película. El joven intelectual y leído director de la película concienciado con la causa indígena interpretado por Gael García Bernal contra el productor descreído, hipócrita, práctico y capaz, maquiavélico en su búsqueda del fin sin importar los medios al que da vida un impresionante, como siempre, Luis Tosar.
Si a todo esto unimos, la gracia divina posada en el revolucionario indígena que trae a todos de cabeza, un Juan Carlos Aduviri asentado y perfecto en las mejores escenas, También la lluvia genera una estimulante matización de personajes, en una incuestionable evolución a través de una historia que utiliza la privatización del agua en Bolivia para mostrarnos lo que, en realidad, es occidente: colonización, mercenarios dispuestos a sacar provecho de las diferencias económicas y mercantiles. En También la lluvia, mientras algunos emplean su dinero para arte o entretenimiento (según se vea el cine), allí todo sigue siendo una lucha por sobrevivir.
NOTA FINAL: 7/10
El musical no claudica. Pese a ser uno de los géneros clásicos más olvidados por el sistema suele aportar su ración anual y acude, como mínimo, a los Globos de Oro (premio a mejor canción y nominación a mejor película comedia-musical), casi por incomparecencia de rivales. Más exquisito unas veces que otras en su puesta de largo, sí se reconoce una estructura en pos de su función más directa: entretenimiento para la platea que necesita hacer descansar su maltrecho cerebro mientras no deja de mover imperceptiblemente el cuerpo al compás del repertorio elegido para la ocasión.
Cierto es que determinados directores tienen licencia para exorcizar sus demonios personales siempre bajo el espectro de una nutrida y poderosa filmografía precedente. Me viene a la memoria (la palabra no es casual) La mala educación de Almodóvar. En ese intento puramente egoísta, Álex de la Iglesia se ahoga en el amplio contexto de su sencilla historia donde sólo sobresalen personajes. Dos payasos enfrentados por el amor de una mujer: el payaso triste apagado en su sed de venganza y el payaso tonto cuya única habilidad es poner una sonrisa en la cara de un niño.
