Gran referente cinematográfico es Shakespeare. Literato extasiado de conflicto, amante de tragedia popular, gratificante en la temática de su obra (por contemplar en ella, los grandes enigmas humanos). Enésima vez que Romeo y Julieta, los dos amantes de Verona, se lleva a la gran pantalla. Los enanitos de jardín tienen la culpa, por echársela a alguien. Y es que hay que tener siempre en cartelera películas familiares que dejen buena recaudación. Bailando al son de la historia narrada por William Shakespeare (que se reserva un pequeño papel), dos clanes de enanitos de jardín de contiguos chalets están enfrentados por ser de diferente dueño: un viejo cascarrabias Montesco y una anciana gruñona Capuleto.Historia de amor acompasada con la discografía completa de Elton John como parte del engranaje creativo del film, certifican un nulo riesgo empresarial en la composición de esta cinta. Ganas de machacar lo correcto y eficiente, se conforman con lo que hay. Por supuesto, no se puede criticar el oficio de estos trabajadores del celuloide que, sabiendo que no inventan nada, hacen que todo ranscurra tal y como debe ser sin que parezca haber visto lo mismo una y mil veces.
Son los gags cómicos, cada vez más abundantes y mesiánicos en su función de levantar el relato, los que consiguen esa hipnosis narrativa que impide ver (o esconde bastante bien) la forma de trabajar los guiones en América, pura fórmula científica. Al puro estilo Toy Story, los enanitos de jardín tienen una vida propia que nosotros desconocemos, la cual sirve aquí para unir a dos imprevistos amantes en un romance imposible. Rodeados de los personajes que Shakespeare ideó transformados en habitantes de adosado, se desarrolla un entuerto que si no fuera por ese cortacésped venido desde el infierno poca gracia hubiera tenido.
Y es que Gnomeo y Julieta, se queda un poco lánguida para un público que no esa pueril. Demasiado facilona e ingenuamente coqueta, tras el efectismo y popularidad de esos pequeños seres que habitan los jardines de la población hortera. Unos seres, elevados a la categoría de referente cinematográfico, por el inquieto enanito que inventó Jean-Pierre Jeunet, recorriendo mundo y enviando postales por obra y gracia de Amelie Poulin. Aquel sí tenía carisma y eso que no tenía vida propia. O sí. Pregunten al señor Poulin.
NOTA FINAL: 3/10

Mark Romanek es un visionario. Ya lo demostró mostrándonos un desconocido Robin Williams en la notable Retratos de una obsesión, su anterior y única cinta. Nueve años después, vuelve para demostrar que, si se quiere, es más apasionante y, ficcionalmente interesante, un trío amoroso que una civilización donde se clonen humanos para morir como donantes de órganos. Y pese a la actualidad de semejante tema, lo evita para esclavizarlo a la historia de dos amantes separados por la vida (y por una tercera amante) y componer con él, un mayor dramatismo contextual. 
